Siendo la botica de mi abuelo una pequeña farmacia en un pueblo pequeño, esta era visitada por personas de muy diferentes orígenes sociales; desde humildes campesinos de la zona, hasta algunos acaudalados comerciantes citadinos. Y si bien las medicinas y los servicios que se ofrecían en la botica tenían un precio justo y necesario para poder cubrir los gastos y mantener el negocio, a veces sucedía que para algunos de los más necesitados pacientes el precio regular de las medicinas resultaba elevado y hasta inaccesible quizás. Por otra parte también existían personas que aunque perfectamente podían pagar el precio regular de las medicinas, de todas formas les gustaba regatear, casi que por diversión. Mi abuelo lo sabía y se daba cuenta de la diferencia. Él solía decir que en los negocios algunas veces se gana y otras se pierde. Pero de todas formas necesitaba un método rápido y fácil para recordar el costo mínimo de las decenas de mercancías que habían en la botica y poder saber hasta dónde podía bajar el precio cuando los clientes regateaban, o asumir la pérdida del costo cuando él decidía darle alguna medicina a alguien gratuitamente.
Otra de las características de las boticas cubanas de aquellos tiempos eran sus altos armarios donde las medicinas y los ingredientes se guardaban en frascos de porcelana elegantemente diseñados, muchos de ellos importados de Francia.
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Frascos de porcelana típicos de las boticas de la época |
En estos tiempos de computadoras y códigos de barra en todos los productos que existen en el mercado, por supuesto que ya no hacen falta tales recursos nemotécnicos. Aún así esta historia ha quedado conmigo como recuerdo de aquellos tiempos. Y me pregunto cuántas otras palabras con diez letras diferentes existen en nuestro idioma. ¿Alguien sabe?
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